miércoles, 27 de octubre de 2010

LOS HIJOS DEL SMOG

El trabajo de otro Escritor Mexicano Secreto:

LOS HIJOS DE TLÁLOC
¡Quién sabe por qué será! Lo cierto es que siempre está lloviendo dentro de la casa. En la mañana, de tarde, por la noche. Desde que nací, desde antes que naciera, desde una eternidad.
A veces cae la lluvia tan finamente que parece que pronto cesará. Pura ilusión. El infalible viento trae nubes preñadas e invisibles que revientan desde los techos, cayendo sobre los muebles que mamá ha cubierto con forros impermeables.
Por eso nadie nos visita. Por eso vivimos tan solos. Algunos reconocemos que desearíamos cambiarnos a otra parte. Papá nos mira con tristeza y nos explica que sería ingratitud abandonar el lluvioso pero seguro hogar. En él hemos nacido todos. Aquí, entre lluviosos muros, vivieron y murieron nuestros antepasados.
Hasta para comer y dormir necesitamos andar con gabardinas y paraguas.
Aburridos de agua tan insistente, junto con los muchachos, nos salimos corriendo hacia la calle. A que nos dé la luz del sol o de la luna.
Lo malo es al llegar la época de lluvias. Ni para dónde ir. Entonces todo es agua que cae, humedad y tristeza. La vida suelta su llanto dentro de la casa y por las calles infinitas donde se pierde la esperanza.

EL OLVIDO
Se había sentido mucho calor aquel verano y su habitación se vio invadida por grandes y zumbantes moscas. Fue, pues, a la farmacia y adquirió un insecticida que le recomendaron como muy eficaz. Cuando minuciosamente lo esparció por todo el cuarto, las moscas aceleraron el roncar de sus motores y empezaron a caer, golpeándose moribundas contra suelos, paredes y muebles. Él, notoriamente complacido, salió a dar un paseo al jardín público. Minutos después de las cinco de la tarde regresó. Sólo para morir en medio de crueles estertores. Los efectos del poderoso insecticida aún perduraban. Y él, en forma imperdonable, había olvidado que era jueves, día en que de cinco a seis de la tarde le tocaba transformarse en cucaracha.

EL HUÉSPED
Fue cuando mi falta de trabajo y la urgencia de ayudarnos con algún dinero, nos hicieron alquilar la recámara chica, la del fondo de la casa.
-Procuremos encontrar un inquilino apacible –dictaminó mi mujer.
Por eso nos pareció bien la presencia de aquel joven enlutado y correcto, que llevaba un cajón conteniendo el cadáver de su tío.
-Sólo será por seis meses, mientras le construimos un sepulcro decoroso. Además, pagaré por adelantado –explicó el muchacho.
Aceptamos de inmediato. Y aquella fue la primera noche que no dormimos, a causa del velorio que tuvo lugar en la habitación recién alquilada. Los días siguientes desfilaron deudos y amigos con interminables ofrendas florales, que mi candorosa mujer agradecía como si fueran para ella.
Por una semana hubo tranquilidad. Después, el cadáver comenzó a crujir y tronar en forma escandalosa. También olía desagradablemente y daba mal aspecto, por lo que debíamos bañarlo y cortarle las uñas y barbas que le crecían en exceso.
Lo peor fue cuando dio por presentarse diariamente la turbulenta mujer que decía amar al difunto, y permanecía llorando a gritos junto a él, acabando por emborracharse.
Vimos el cielo abierto cuando, puntualmente a los seis meses, se presentó el joven de negro, a llevarse el cadáver de su tío.
Por lo demás, no hemos logrado terminar la plaga de manchas amarillentas y nauseabundas que aparecen por todas partes.

EL CAUTIVO
A Pedro Ferriz
En aquel planeta situado en un confín de la galaxia, hubo preocupación, por haberse detectado rudimentarias explosiones atómicas, originadas más allá de Marte.
Se decidió, por tanto, enviar una nave con la misión de capturar un ser tipificado de aquella probable y peligrosa civilización.
Después de larga travesía la nave arribó, sigilosamente, a una gran ciudad. Y tras cuidadosa observación fue capturado, al amparo de la noche, uno de aquellos seres tan parecidos a los mismos expedicionarios y que pululaban por la urbe.
El regreso tuvo lugar.
Hasta la fecha, los sabios de aquel planeta ubicado en un lindero de la galaxia, no han podido determinar el coeficiente mental, ni la verdadera naturaleza e intenciones del Volkswagen rojo que fue secuestrado de un estacionamiento de la tierra, cierta vez, como a las dos de la mañana.

Jorge Mejía Prieto: LOS HIJOS DEL SMOG; Novaro; México, 1974.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL LUGAR BLANCO

Otro de los Escritores Mexicanos Secretos:

EL LUGAR BLANCO
(de El sexto día de la creación, cuentos y poemas, 1974)
Raúl Navarrete

Muchos han afirmado que el camino para llegar al lugar blanco se perdió en un tiempo remoto. Otros dicen que ese lugar ya no existe, y también hay quien ha llegado a afirmar que no existió nunca. Pero la semana pasada yo hice un viaje a él. El último, porque no volveré a recorrer sus colinas ni a mirar a su gente ni a caminar por las orillas de sus ríos. El verano está aquí, las matas de linaza comienzan a llenarse de flores amarillas y muy pronto, también, la espiga aparecerá en lo alto de las cañas. Saldré al campo entonces para ver todo eso. Pero no volveré al lugar blanco.

Ese lugar existe. Es semejante a un jardín gozoso y no está lejos de nadie. La semana pasada pensé: Iré. No puedo esperar más. Y di un paso, uno sólo, y entré en el lugar blanco. Tenía que buscar a tres personas que eran de mi estimación. Desde hacía un mes las recordaba; sentía nostalgia de sus caras y de su conversación. Sabía que estaban en ese lugar y por eso me decidí a buscarlas. En otras ocasiones yo había intentado la búsqueda, pero siempre inútilmente porque, pensaba, lo había hecho distraído y nunca con intenciones verdaderas de hallarlas. Eran tres personas, dos mujeres y un hombre. Al hombre apenas lo recordaba ya: un hombre grande, de ojos hundidos y cara confusa. De las mujeres recordaba el tono de su voz y sus gestos. Recordaba también cómo se movían al caminar, cómo se quedaban quietas bajo unos arcos, las dos pequeñas y frágiles mirando a un mundo que tal vez no hubiera hecho nada para merecer su atención. Recordaba asimismo sus risas.

Pensé: Iré. No puedo esperar más. Y di un paso y entré en el lugar blanco. Nada me deslumbró como otras veces. Vi a miles de mujeres caminando y vi también a miles de hombres que las acompañaban o que iban por su lado, hacia el oeste o hacia el norte. Todos eran blancos de la cabeza a los pies y tenían una misma cara aunque sus expresiones eran diferentes. No entré en ninguna casa, pero en una de ellas vi a una mujer. Estaba en la puerta, sentada, preparando su comida. Tenía la cara igual de blanca que la de los demás, y sus manos veloces se movían entre las ollas puestas al fuego. Me dio la bienvenida pero no le hice caso y me alejé, tenía prisa. Y no debía perder tiempo. El tiempo, allí, era algo que no podía desperdiciarse.

Todo era blanco: montes, aire, muros. A la orilla de los ríos y en las calles había conejos. Los cerdos corrían por todas partes. En los montes, bajo los árboles y en las esquinas había mesas de cristal, y el que quería se sentaba en ellas. Había también esferas que rodaban al soplo del viento. No me detuve en ninguna parte ni dejé que ninguna delicia me atrajera: yo estaba allí por última vez para buscar a tres personas a quienes en un tiempo había amado, así que fui de un lado a otro mientras hombres y mujeres de cara blanca me hablaban o creían hablarme. Crucé puentes frágiles sin detenerme. En una colina, sentada en la rama de un árbol, estaba una vieja. La vi varias veces, la vi en todas las ocasiones en que pasé por la colina: no hacía más que estar sentada en el árbol, desnuda, gritando a toda hora. Sus gritos no eran de dolor ni de alegría sino de algo mucho más simple. Se lo pregunté y ella me lo dijo sin dejar de gritar. Sobre la colina había un cielo con nubes veloces.

Había un lago del que muchas manos sacaban peces pequeños y grandes. Las manos los atrapaban con facilidad, y los ojos de los peces, fuera del agua, se oscurecían.

Había también puentes, los había por todas partes, y eran de un metal blanco, o de madera y de otros materiales semejantes al papel. Cruzaban los ríos, los cerros y las calles, y en ocasiones subían más arriba que los árboles.

Las aguas del lago del que muchas manos sacaban peces nunca estaban tranquilas. Pensé: Preguntaré a la gente. Tal vez ellos sepan dónde debo buscar, en qué sitio. Y subí a un puente, y a otro, y dejé los montes atrás. Todo era blanco pero aquella blancura no deslumbraba.

Vi a un hombre que jugaba con sus hijos. Era un hombre viejo, y los hijos estaban tan viejos como él, tenían una misma frente arrugada. Sin duda el afecto entre ellos era grande, porque se abrazaban a cada paso diciéndose en voz baja palabras sin sentido. Los vi, espaldas y cuellos blancos, pero nada les pregunté. Me dijeron sin dejar de jugar: Conocemos a los que busca: son dos mujeres flacas y un hombre mal hablado. Los encontrará dormidos bajo el único árbol que no tiene ramas. V aya a buscarlos allá y los encontrará. Pero supe que mentían viendo cómo se arrugaban sus frentes. Los dejé atrás, no podían saber dónde estaban las personas que yo amaba porque ni siquiera los habían visto nunca ni habían oído hablar de ellos. Llegué a un sitio en donde no había casas. Llovía, pero eso a nadie parecía importarle. Blanca, la lluvia mojaba los cuerpos y corría en arroyo, fino, entre los pies de los que en ese sitio se hallaban. En aquella parte los ríos y los lagos no se desbordaban, mujeres y hombres se bañaban en ellos, quietos, sin reír ni hablar. Estaban desnudos y no había ninguna diferencia en sus cuerpos blancos como la lluvia o como el agua del río que los mojaba. Dijeron cuando les pregunté: No sabemos. No sabemos.

Anduve entre la gente que caminaba. Todos iban de prisa y sólo podía verlos un instante. Los examinaba y luego, al momento, los veía desaparecer. Me asomé a las casas y vi a mujeres tiernas, de edad engañosa, amamantando a sus hijos, a sus maridos o a sus padres. Vi también a hombres y a familias completas encendiendo lumbre o preparando las camas para dormir sus sueños breves; pero ningún gesto, ningún tono de voz tenía semejanza con los de aquellos a quienes yo había ido a buscar. Pensé: No me iré sin hallarlos. Y, en seguida, me dirigí hacia otros rumbos.

Había conejos mansos por todas partes y los cerdos corrían en libertad. Vi a gente sentada en las mesas de cristal y examiné a cada mujer y a cada hombre con los que fui encontrándome. Las esferas no me estorbaban el paso, rodaban al soplo del viento y desaparecían en las cimas de los montes. En cada esquina, al pie de cada puente y debajo de los árboles había escupideras, para que todo el que quisiera y tuviera necesidad hiciera uso de ellas. Sentada en la rama del árbol, desnuda, volví a ver a la vieja. Seguía gritando sin parar, y me miró pero nada me dijo aunque estuve haciéndole preguntas durante un tiempo largo. Le dije: Dígame si los conoce o si los ha visto alguna vez. Dígame dónde puedo hallarlos.

No encontré a los que buscaba. Traté de imaginar a qué otro lugar hubieran podido ir, pero me fue imposible. Volví a recorrer las colinas y entré en las cuevas profundas, todas, que encontré. Subí a los árboles cuyas copas estaban cubiertas de hojas y de frutos blancos por ver si alguien se ocultaba en ellos. No hallé nada y me senté a la mitad de un puente oyendo, aunque estaba muy lejos, los gritos de la vieja. Pensé: Nunca se callará. Pasaré otra vez por la colina y, de paso, la tiraré del árbol. Tal vez eso sea posible. Lo intentaré.

No hice nada. Me acomodé mejor a la mitad del puente y estiré las piernas. Tuve intenciones de acostarme, pero eso no fue necesario porque no estaba cansado y porque olvidé en seguida mis intenciones. Los que pasaban no se detenían y apenas me miraban aunque algunos, señalándome, movían la boca. Decidí quedarme en el lugar blanco, y así lo hice. Habité desde entonces en casas pequeñas o grandes y conocí a los que salían y entraban en ellas. Conocí también cada rincón, y volví a recorrer los puentes, las colinas y las márgenes de los ríos y de los lagos. Durante todo ese tiempo seguí buscando.

Pero no me quedé en el lugar blanco para siempre. Había pensado hacerlo sólo si encontraba a las dos mujeres y al hombre. En mi memoria sus gestos se iban desfigurando y ya no sabía qué hacer. No podía estar allí sin ellos, pensaba, así que, viendo a la vieja que gritaba subida en el árbol, decidí a regresar. Miré por última vez el lugar blanco que era semejante a un jardín; di un paso, uno sólo, y lo abandoné.

Ahora pienso que no volveré a ese sitio. N o recorreré otra vez sus colinas ni miraré a su gente. Todos, mujeres y hombres, tenían una misma cara, y esa cara no era la de ninguna de las tres personas que yo quise encontrar. No volveré al lugar blanco. Este mundo comienza a llenarse de flores amarillas y el aire, afuera, es apacible. La gente se reúne y se toma de las manos. Se hablan en secreto contándose las cosas que hicieron alguna vez y que aún hacen: cuentan cómo se levantan de sus camas a una hora conveniente, por las mañanas, y cuentan cómo pasan el día en ocupaciones que les proporcionan salud. Alimentan sus cuerpos con comidas apetitosas, hablan, caminan de un lado a otro y guardan en cada movimiento la compostura. Abren y cierran los ojos y se quedan dormidos, y en sus sueños, si los tienen, siguen haciendo lo mismo. No hay más. Tal vez algún día vayan al lugar blanco. Allí, sus gestos se descompondrán. Me reiré de ellos entonces recordando cómo en este mundo alargaban las manos, cómo hablaban y cómo iban de un lado a otro. Afirmaré que todo eso no tiene sentido. Lo diré varias veces, recordando, y luego volveré a reír. Será una carcajada y muchas. Aunque como sus cuerpos y sus movimientos, como sus días, sus gestos y sus ocupaciones, la carcajada tampoco tenga ningún sentido.

Aquí más información del autor.

martes, 19 de octubre de 2010

LO MEJOR DEL FICM 2010

Al decir lo mejor, me refiero a lo mejor que nos tocó ver en el fin de semana inaugural. Lamentablemente (para nosotros), las películas que deseábamos ver (Scott Pilgrim, Machete, Conocerás al hombre de tus sueños...), se estarán presentando a lo largo de la semana. La buena noticia es que a partir del 28 de Octubre se presentará lo mejor en la Cineteca y Cinépolis.

Después de cuatro horas de viaje y de una comida exprés mala y carísima en un Lyny´s (sí, todavía existen) llegamos el viernes por la noche a Morelia. Nos hospedamos en un hostal con buena onda.

El sábado, día de la inauguración, se presentarían solamente ocho películas acomodadas de tal forma que sólo podríamos ver dos.

Las escogidas fueron Mine vaganti (Una familia muy normal) y Bright star.

Con Una familia muy normal no paramos de reír. Pero esta cinta italiana dirigida por Ferzan Oztepec no se conformó con eso. Además, nos contó una muy buena historia donde conocemos a los Cantones: una familia de provincia dueña de una gran fábrica de pastas. Cada uno de sus miembros tiene un secreto, un amor prohibido. La abuela, con la que comienza y termina la película (la actriz que la interpreta de joven, Carolina Crescentini, es simplemente hermosa) se tuvo que casar con el hermano del que verdaderamente amaba y tiene una debilidad con los pastelitos a pesar de su diabetes; su hijo tiene un amorío con la masajista y, al igual que a Emilio González (gobernador de Jalisco), le da "asquito" la homosexualidad; su esposa se hace cargo de la casa y se hace de la vista gorda referente al amorío de su esposo; los dos hijos varones trabajan en la fábrica, pero a pesar de parecer perfectos, comparten un secretito; la hermana, afortunadamente para la familia, está casada, pero sus dos hijas están obesas; su esposo también trabaja en la fábrica y tiene un encanto muy apreciado por elementos del mismo sexo; la tía es la típica solterona que finge que por las noches se mete un ladrón a su habitación y, por último, un par de sirvientas muy raras. Todo se complica (más) cuando los hermanos ya no aguantan y deciden compartir su secretito. Tomasso, el menor, se sorprende con el secreto de su hermano y comienza a dudar de él mismo con la llegada de la (hermosa) hija del futuro socio. Luego llegan sus amigos (incluido el especial) de Roma, a donde se fue a estudiar Literatura aunque a la familia les dijo que Economía, y ya no pararemos de reír hasta el final.
Excelente fotografía, muy buenas actuaciones (Tomasso parece un Ray Liotta muy joven) y un soundtrack muy divertido. Altamente recomendable. Espero que llegue pronto.






Bright star es la historia de amor entre John Keats y Fanny Brawne. Keats es interpretado por Ben Whishaw (que recordamos por El perfume) y Fanny por Abbie Cornish (que veremos próximamente en Sucker punch). Además de la relación tormentosa y azotada, Keats sufre por el poco reconocimiento de su obra y a los pocos años muere.
La fotografía es espectacular; las actuaciones muy buenas; los poemas intercalados maravillosos... el único problema es que la directora, Jane Campion, bien pudo ahorrarse media hora. Por momentos la película se vuelve pesada y repetitiva.
Este es el poema que le da el título a la película:

BRIGHT STAR

Bright star, would I were stedfast as thou art--
Not in lone splendour hung aloft the night
And watching, with eternal lids apart,
Like nature's patient, sleepless Eremite,
The moving waters at their priestlike task
Of pure ablution round earth's human shores,
Or gazing on the new soft-fallen mask
Of snow upon the mountains and the moors--
No--yet still stedfast, still unchangeable,
Pillow'd upon my fair love's ripening breast,
To feel for ever its soft fall and swell,
Awake for ever in a sweet unrest,
Still, still to hear her tender-taken breath,
And so live ever--or else swoon to death.

John Keats.



Después nos fuimos a comer y, desgraciadamente, nos perdimos la alfombra roja... Teníamos hartas ganas de estar a unos cuantos metros de Terry Gilliam, uno de los invitados de honor, pero no se pudo y tampoco se podrá en la plática que dará en la UNAM, pues ya no hay cupo.

Por la noche, en una de las funciones al aire libre en el zócalo, vimos Océanos. Impresionante. Lejos quedaron los días en que los documentales naturales eran aburridos, con un tipo siempre hablando con una voz monótona y con imágenes de animales haciendo poco. Esta es dinámica y con muy poco choro. La experiencia en 3D debió ser magnífica. Lo único malo fue el viento gélido a eso de la media noche.



El domingo vimos Viva Zapata! de Elia Kazan. Resultó extraño ver a mexicanos interpretados por gringos, pero Anthony Quinn hizo un gran papel robándole la película a Marlon Brando, quien interpretó a Zapata.



Después, un documental infumable: Daniel Schmid: le chat qui pense de Pascal Hoffmann. Reconozco que desconocía la obra del director Schmid, pero el documental, en lugar de entusiasmarnos para conseguir su obra, amodorra con su pascuatez.



Para finalizar, y con la esperanza de que el señor Gilliam se diera una vuelta a la sala (no lo hizo) vimos Monty Phyton y el santo grial. Hilarante. La sala (atiborrada) no paró de reír.



Regresamos a la ciudad llenos de nostalgia.

lunes, 18 de octubre de 2010

LA ODISEA

Un acertado resumen de LA ODISEA, cortesía de Robert Graves:


Odiseo, quien se hizo a la mar desde Troya con el conocimiento seguro de que debía viajar durante otros diez años antes de volver a Itaca, hizo escala primeramente en la Isla de Maro Cicona y la tomó por asalto. En el saqueo sólo perdonó a Maro, sacerdote de Apolo, quien, agradecido, le ofreció varias jarras de vino dulce; pero los cicones del interior vieron la columna de humo que se extendía a gran altura sobre la ciudad incendiada y atacaron a los griegos mientras bebían en la costa, diseminándolos en todas direcciones. Cuando Odiseo consiguió reunir y reembarcar a sus hombres con numerosas bajas, un fuerte viento nordeste lo llevó a través del mar Egeo hacia Citera. El cuarto día, durante una calma tentadora, trató de doblar el cabo Malea y seguir hacia el norte hasta Itaca, pero el viento volvió a soplar con más violencia que anteriormente. Tras nueve días de peligro y desgracia apareció a la vista el promontorio libio donde viven los lotófagos. Ahora bien, el loto es un frutó sin cuesco, de color de azafrán y del tamaño de una haba, que crece en racimos dulces y saludables, aunque tiene la propiedad de hacer que quienes lo comen pierdan por completo el recuerdo de su país; algunos viajeros, no obstante, lo describen como una especie de manzana de la que se obtiene una sidra fuerte. Odiseo desembarcó para acarrear agua y envió una patrulla de tres hombres; éstos comieron el loto que les ofrecieron los nativos y en consecuencia olvidaron su misión. Al cabo de un rato salió a buscarlos al, frente de un grupo de auxilio, y aunque sintió la tentación de probar el loto se contuvo. Llevó a los desertores de vuelta por la fuerza, los encadenó y partió sin más rodeos.

Luego llegó a una isla fértil y muy boscosa, habitada únicamente por innumerables cabras montesas, y mató algunas de ellas para alimentarse. Ancló allí toda la flota, con excepción de una sola nave en la que salió a explorar la costa opuesta. Resultó que era el país de los feroces y bárbaros Cíclopes, llamados así a causa del gran ojo redondo que tenían en el centro de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que practicaban sus antepasados para Zeus y ahora eran pastores sin leyes, asambleas, naves, mercados ni conocimiento de la agricultura. Vivían hurañamente separados unos de otros, en cavernas excavadas en las colinas rocosas. Al ver una de esas cavernas con una entrada alta y en la que colgaba una rama de laurel, más allá de un corral cercado con grandes piedras, Odiseo y sus compañeros entraron sin saber que la propiedad pertenecía a un cíclope llamado Polifemo, hijo gigante de Posidón y la ninfa Toosa, al que le encantaba comer carne humana. Los griegos se acomodaron y encendieron una gran fogata, y luego mataron y asaron varios cabritos que encontraron encerrados en el fondo de la caverna; se sirvieron también el queso que había en unos cestos que colgaban de las paredes, y comieron alegremente. Hacia el anochecer apareció Polifemo. Introdujo su rebaño en la caverna y cerró la entrada con una losa de piedra tan grande que veinte yuntas de bueyes apenas habrían podido moverla; luego, sin advertir que tenía huéspedes, se sentó para ordeñar a sus ovejas y cabras. Por fin levantó la cabeza del balde y vio a Odiseo y a sus compañeros reclinados alrededor del hogar. Les preguntó de mal humor qué tenían que hacer en su caverna. Odiseo le contestó: «Amable monstruo, somos griegos que volvemos a nuestra patria después del saqueo de Troya. Te ruego que recuerdes tu deber con los dioses y nos trates hospitalariamente.» Como respuesta, Polifemo resopló, asió a dos marineros por los pies, les hizo saltar los sesos golpeándolos contra el suelo y devoró los cadáveres crudos, gruñendo mientras lamía los huesos como cualquier león montes.

Odiseo habría deseado vengarse sangrientamente antes que amaneciera, pero no se atrevió, porque sólo Polifemo era lo bastante fuerte como para retirar la piedra de la entrada. Pasó la noche con la cabeza entre las manos trazando un plan de huida mientras Polifemo roncaba terriblemente. Para desayunarse el monstruo rompió la crisma a otros dos marineros, después de lo cual salió silenciosamente con su rebaño por delante y cerró la caverna con la misma lápida. Pero Odiseo tomó una estaca de madera de olivo verde, la afiló y endureció un extremo en el fuego y luego la ocultó bajo un montón de estiércol. Esa noche volvió el cíclope y comió dos más de los doce marineros, después de lo cual Odiseo le ofreció cortésmente un cuenco lleno con el vino fuerte que le había dado Maro en Ismaro; por fortuna, había llevado a tierra un odre lleno de vino. Polifemo bebió ávidamente, pidió un segundo cuenco, pues en toda su vida había probado una bebida más fuerte que el suero de la leche, y condescendió a preguntar a Odiseo su nombre. —Mi nombre es Oudeis —contestó Odiseo—; o al menos así me llaman todos, para abreviar. Ahora bien, «Oudeis» significa «Nadie». —Te comeré el último, amigo Oudeis —le prometió Polifemo.

Tan pronto como el cíclope cayó en un profundo sueño de borracho, pues el vino no había sido mezclado con agua, Odiseo y los compañeros que quedaban calentaron la estaca en las ascuas del fuego y luego la clavaron en el ojo único de Polifemo y la retorcieron en él, haciendo fuerza Odiseo desde arriba, como cuando se taladra un agujero en la tablazón de un barco. El ojo silbaba y Polifemo lanzó un horrible gemido, que hizo que todos sus vecinos acudieran corriendo desde cerca y de lejos para saber qué sucedía.
—¡Estoy ciego y sufro terriblemente! —les gritó Polifemo—. ¡Y Nadie tiene la culpa!
—¡Pobre infeliz! —contestaron ellos—. Si, como dices, nadie tiene la culpa, debes ser víctima de una fiebre delirante. ¡Ruego a nuestro Padre Posidón que te cure y deja de hacer tanto ruido! Se fueron refunfuñando y Polifemo se dirigió a la entrada de la caverna, apartó la lápida de piedra y buscando a tientas con las manos esperaba atrapar a los griegos sobrevivientes cuando trataban de escapar. Pero Odiseo tomó unos mimbres y ató a cada uno de sus compañeros por turno bajo el vientre de un carnero, el del centro de un grupo de tres, distribuyendo el peso igualmente. Él eligió un carnero enorme, el conductor del rebaño, y se colocó bajo su vientre, asiéndose a la lana con manos y pies.

Al amanecer Polifemo dejó que su rebaño saliera a pacer, palpando suavemente sus lomos para asegurarse de que nadie estuviese montado sobre ellos, Se detuvo un rato conversando lastimeramente con el animal bajo el cual se ocultaba Odíseo y le preguntó: «¿Por qué, querido carnero, no sales el primero como de costumbre? ¿Te compadeces de mí en mi desgracia?» Pero por fin lo dejó pasar.

Así Odiseo consiguió liberar a sus compañeros y llevar un rebaño de carneros gordos a la nave. Esta fue lanzada rápidamente al agua y los hombres tomaron los remos y comenzaron a alejarse; Odiseo no pudo abstenerse de gritar una despedida irónica. Por respuesta, Polifemo les lanzó una gran roca que cayó a poca distancia delante de la nave formando un remolino en el agua que casi la envió otra vez a tierra. Odiseo se echó a reír y gritó: «Si alguien te pregunta quién te ha cegado, contéstale que no ha sido Oudeis, sino Odiseo de Itaca.» El cíclope, furioso, suplicó en voz alta a Posidón: «¡Concédeme, Padre, que si mi enemigo vuelve alguna vez a su casa, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder a todos sus compañeros, y encuentre nuevas cuitas en su morada!» Lanzó otra roca todavía mayor y esta vez cayó a poca distancia de la popa de la nave, de modo que la ola que levantó los llevó rápidamente a la isla donde los esperaban ansiosamente los otros compañeros de Odiseo. Pero Posidón escuchó a Polifemo y le prometió la venganza pedida.

Odiseo se dirigió hacia el norte y poco después llegó a la Isla de Éolo, Guardián de los Vientos, quien les agasajó espléndidamente durante todo un mes; el último día entregó a Odiseo un odre que contenía los vientos y le explicó que mientras el cuello estuviera bien atado con un hilo de plata todo marcharía bien. Dijo que no había encerrado al suave Viento Oeste, que iba a llevar la flota ininterrumpidamente por el Mar Jónico hacia Itaca, pero Odiseo podía soltar los otros uno por uno si por algún motivo necesitaba alterar su curso. Ya se podía divisar el humo que ascendía por las chimeneas del palacio de Odiseo, cuando éste se quedó dormido, abrumado por el cansancio. Sus tripulantes, que esperaban ese momento, desataron el saco, que parecía contener vino. Inmediatamente los Vientos salieron todos juntos rugiendo en dirección a su isla, llevándose al navío por delante, y Odiseo no tardó en encontrarse de nuevo en la isla de Éolo. Con profusas excusas solicitó nueva ayuda, pero le dijeron que se fuera y empleara esta vez los remos, pues no le darían ni un soplo del Viento Oeste. «No puedo ayudar a un hombre al que se oponen los dioses», le gritó Éolo, y le cerró la puerta en la cara.

Tras siete días de viaje, Odiseo llegó al país de los lestrigones, gobernado por el rey Lamo, del que algunos dicen que se hallaba en la parte noroeste de Sicilia. Otros lo sitúan en las cercanías de Formias, en Italia, donde la noble Casa de Lamia pretende descender del rey Lamo; y esto parece creíble, ¿pues quién confesaría que desciende de caníbales, a menos que tratara de una tradición común? En el país de los lestrigones la noche y la mañana están tan cerca una de otra que los pastores que conducen sus rebaños a casa cuando se pone el sol saludan a los que conducen a los suyos al campo al amanecer. Los capitanes de Odiseo entraron audazmente en el puerto de Telépilo, el cual, con excepción de una entrada estrecha, está rodeado por riscos abruptos, y amarraron sus naves cerca de un camino de carros que subía por un valle. Odiseo, que era más cauto, amarró su barco a una roca fuera del puerto, después de enviar tres exploradores tierra adentro en misión de reconocimiento. Los exploradores siguieron el camino hasta que encontraron una muchacha que sacaba agua de un manantial. Resultó que era una hija de Anfítates, un caudillo lestrigón a cuya casa los condujo. Pero allí fueron tratados despiadadamente por una horda de salvajes que se apoderó de uno de ellos y lo mató para el cocido; los otros dos huyeron a toda velocidad, pero los salvajes, en vez de perseguirlos, fueron a las cimas de los riscos y desde allí arrojaron a las naves un diluvio de piedras antes que los tripulantes pudieran botarlas al agua. Luego bajaron a la playa y mataron y devoraron a los marineros con toda comodidad. Odiseo escapó cortando el cable de su bajel con una espada y exhortó a sus compañeros a que remaran vigorosamente para salvar la vida.

Dirigió la única nave que le quedaba hacia el este y tras un largo viaje llegó a Eea, la isla de la Aurora, gobernada por la diosa Circe, hija de Helio y Perse, y por tanto hermana de Ectes, el terrible rey de Cólquíde. Circe era hábil en toda clase de encantamientos, pero quería poco a la especie humana. Cuando echaron suertes para decidir quién se quedaría vigilando el navío y quién saldría para explorar la isla, le tocó al querido compañero de Odiseo, Euríloco, desembarcar con otros veintidós tripulantes. Descubrió que Eea abundaba en robles y otras clases de árboles, y por fin llegó al palacio de Circe, construido en un gran claro hacia el centro de la isla. Lobos y leones rondaban por los alrededores, pero en vez de atacar a Euríloco y sus compañeros se enderezaban sobre las patas traseras y les acariciaban. Se habría podido tomar a aquellos animales por seres humanos, y en realidad lo eran, aunque los habían transformado así los hechizos de Circe.

Circe se hallaba en el vestíbulo, cantando mientras tejía, y cuando el grupo de Euríloco la llamó a gritos salió sonriendo y los invitó a comer en su mesa. Todos entraron alegremente, excepto Euríloco, quien, sospechando un engaño, se quedó afuera y atisbó ansiosamente por las ventanas. La diosa sirvió una comida de queso, cebada, miel y vino, para los marineros hambrientos; pero estaba drogada, y tan pronto como comenzaron a comer les tocó en el hombro con su varita y los transformó en puercos. Luego, abrió inexorablemente la portezuela de una pocilga, los encerró en ella, les echó unos puñados de bellotas y frutos del cornejo en el suelo fangoso y los dejó allí revolcándose.

Euríloco volvió llorando e informó a Odiseo de la desgracia ocurrida, quien tomó su espada y salió decidido a salvarlos, pero sin un plan fijo en la cabeza. Con gran sorpresa se encontró con el dios Hermes, quien le saludó cortésmente y le ofreció un remedio contra la magia de Circe: una flor blanca perfumada con la raíz negra, llamada moly, que sólo los dioses pueden reconocer y elegir. Odiseo aceptó el don agradecido y siguió su camino hasta el palacio de Circe, quien también le agasajó a él. Cuando hubo tomado la comida mezclada con drogas, Circe levantó la vara y le tocó con ella en el hombro, mientras le ordenaba: «Ahora ve a la pocilga y échate con tus compañeros.» Pero Odiseo había olido a escondidas la flor de moly, por lo que no quedó encantado, y se levantó de un salto espada en mano. Circe cayó llorando a sus pies y le suplicó: «¡Perdóname y compartirás mi lecho y reinarás en Eea conmigo!» Como sabía que las hechiceras poseen el poder de enervar y destruir a sus amantes, extrayéndoles secretamente la sangre en pequeñas ampollas, Odiseo hizo jurar solemnemente a Circe que no tramaría ninguna nueva travesura contra él. Ella juró por los dioses benditos y, después de proporcionarle un delicioso baño caliente, vino en copas de oro y una sabrosa cena servida por una venerable ama de llaves, se dispuso a pasar la noche con él en un lecho con colcha de púrpura. Pero Odiseo no quiso responder a sus requerimientos amorosos hasta que accedió a liberar no sólo a sus compañeros, sino también a todos los otros marineros encantados por ella. Una vez hecho eso se quedó de buena gana en Eea hasta que ella le hubo dado tres hijos: Agrio, Latino y Telégono.

Odiseo anhelaba continuar su viaje y Circe le dejó ir. Pero primeramente debía hacer una visita al Tártaro y buscar allí al adivino Tiresias, quien le profetizaría la suerte que le esperaba en Itaca, si llegada alguna vez a ella, y después. «El soplo del Viento Norte conducirá tu nave —le dijo Circe— hasta que hayas atravesado el océano y llegues al bosque de Perséfone, notable por sus álamos negros y sus añosos sauces. En el punto donde los ríos Flegetonte y Cocito desembocan en el Aqueronte cava una zanja y sacrifica un carnero joven y una oveja negra, que yo misma proporcionaré, a Hades y Perséfone. Deja que la sangre entre en la zanja y mientras esperas a que llegue Tiresias ahuyenta a todas las otras ánimas con tu espada. Deja que Tiresias beba todo lo que quiera y luego escucha atentamente su consejo.»

Odiseo obligó a sus hombres a embarcarse, aunque se mostraban renuentes a dejar la agradable Eea por el país de Hades. Circe les proporcionó un viento favorable que los llevó rápidamente al Océano y a las lejanas fronteras del mundo donde a los Cimerios, rodeados de niebla, ciudadanos de la Oscuridad Perpetua, se les niega la vista del Sol. Cuando avistaron el Bosque de Perséfone desembarcó Odiseo e hizo exactamente lo que le había aconsejado Circe. La primera ánima que apareció en la zanja fue la de Elpenor, uno de sus propios marineros que pocos días antes, borracho, se había dormido en el techo del palacio de Circe y, al despertar aturdido, cayó a tierra y se mató. Odiseo había abandonado Eea tan apresuradamente que no advirtió la ausencia de Elpenor hasta que era ya demasiado tarde, y ahora le prometió un entierro decente. «¡Pensar que has llegado aquí a pie más rápidamente que yo en la nave!», exclamó. Pero negó a Elpenor el menor sorbo de la sangre, aunque él se lo pidió lastimeramente.

Una multitud mixta de espíritus se reunió alrededor de la zanja, hombres y mujeres de todas las épocas y todas las edades, entre los que se hallaban Anticlea, la madre de Odiseo, pero ni siquiera a ella le dejó beber antes de que lo hiciera Tiresias. Por fin apareció Tiresias, quien lamió la sangre agradecidamente y aconsejó a Odiseo que mantuviera a sus hombres bajo un control severo una vez que estuvieran a la vista de Sicilia, su próxima recalada, para que no sintieran la tentación de robar el ganado del titán-sol Hiperión. Debía esperar grandes dificultades en Itaca, y aunque podría vengarse de los bribones que devoraban allí sus bienes, sus viajes no terminarían todavía. Debía tomar un remo y llevarlo al hombro hasta que llegara a una región interior donde ningún hombre salaba la carne y donde confundirían al remo con un bieldo. Si entonces hacía sacrificios a Posidón podría volver a Itaca y gozar de una ancianidad dichosa, pero al final la muerte le llegaría del mar..

Después de dar las gracias a Tiresias y de prometerle la sangre de otra oveja negra a su regreso de Itaca, Odiseo permitió por fin a su madre que saciara su sed. Ella le dio más noticias de su casa, pero guardó un silencio discreto acerca de los pretendientes de su nuera. Cuando se hubo despedido, las almas de numerosas reinas y princesas se agolparon para beber la sangre. A Odiseo le causó gran complacencia encontrarse con personajes tan conocidos como Antíope, Yocasta, Cloris, Pero, Leda, Ifimedia, Fedra, Procris, Ariadna, Mera, Clímene y Enfila.

Luego conversó con un grupo de excompañeros: Agamenón, quien le aconsejó que desembarcara en Itaca secretamente; Aquiles, a quien alegró informándole de las grandes hazañas de Neoptólemo; y Áyax el Grande, quien todavía no le había perdonado y se alejó torvamente. Odiseo vio también a Minos juzgando, a Orion cazando, a Tántalo y Sísifo sufriendo, y a Heracles —o más bien su espectro, pues Heracles asiste cómodamente a los banquetes de los dioses inmortales—, quien le compadeció por sus largos trabajos.

Odiseo navegó sin inconveniente de vuelta a Eea, donde enterró el cadáver de Elpenor y colocó su remo en el túmulo como recuerdo. Circe le recibió alegremente y le dijo: «¡Qué temeridad ha sido haber visitado el país de Hades! Una muerte basta para la mayoría de los hombres, pero ahora tú tendrás dos.» Le advirtió que a continuación tenía que pasar por la Isla de las Sirenas, cuyas bellas voces encantaban a todos los que navegaban por las cercanías. Esas hijas de Aqueloo, o, según dicen algunos, de Forcis, y la musa Terpsícore, o Estérope, hija de Portaón, tenían rostros de muchacha, pero patas y plumas de aves, y se dan muchas versiones diferentes para explicar esa peculiaridad: como que jugaban con Core cuando la raptó Hades, y que Deméter, ofendida porque no habían acudido en su ayuda, les dio alas y dijo: «¡Idos y buscad a mi hija por todo el mundo!» O que Afrodita las transformó en aves porque, por orgullo, no querían entregar su virginidad a los dioses ni los hombres. Pero ya no pueden volar, porque las Musas les vencieron en un certamen musical y les arrancaron las plumas de las alas para hacerse coronas. Ahora permanecen sentadas, cantando en una pradera entre los montones de huesos de los marineros a los que han arrastrado a la muerte. «Tapa los oídos de tus hombres con cera de abejas —le aconsejó Circe— y si tú deseas escuchar su música, haz que tus marineros te aten de manos y pies al mástil y oblígales a jurar que no te soltarán por muy rudamente que les amenaces.» Circe previno a Odiseo acerca de otros peligros que les esperaban cuando él fue a despedirse; y luego partió, llevado una vez más por un viento favorable.

Cuando el navío se acercaba a la Isla de las Sirenas, Odiseo siguió el consejo de Circe, y las sirenas cantaron tan dulcemente, prometiéndole el conocimiento previo de todos los futuros acontecimientos en la tierra, que gritó a sus compañeros, amenazándoles con la muerte si no lo soltaban, pero, obedeciendo sus órdenes anteriores, lo único que hicieron fue atarlo todavía más fuertemente al mástil. Así la nave siguió navegando sin peligro y las sirenas, sintiéndose vejadas, se suicidaron.

Algunos creen que había solamente dos sirenas; otros, que eran tres, a saber: Parténope, Leucosia y Li-gia; o Pisínoe, Agláope y Telxiepia; o Aglaofeme, Telxíope y Molpe. Otros nombran a cuatro: Teles, Redne, Telxíope y Molpe.

El siguiente peligro de Odiseo consistía en el paso entre dos riscos, en uno de los cuales se refugiaba Escila, y en el otro Caribdis, su compañera monstruosa. Caribdis, hija de la Madre Tierra y Posidón, era una mujer voraz que había sido arrojada por el rayo de Zeus al mar y ahora, tres veces al día, aspiraba el agua en gran volumen y poco después la vomitaba. Escila, en un tiempo bella hija de Hécate Gratéis y Forcis, o Forbante —o de Equidna y Tifón, Tritón o Tirrenio— había sido transformada en un monstruo semejante a un perro con seis cabezas espantosas y doce patas. Eso había hecho Circe, celosa del amor que sentía por ella el dios marino Glauco; o Anfitrite, igualmente celosa del amor de Posidón. Se apoderaba de los marineros, les rompía los huesos y los devoraba lentamente. Casi lo más extraño de Escila era su gañido, no más fuerte que el plañido de un cachorro recién nacido. Tratando de eludir a Caribdis, Odiseo se acercó un poco excesivamente a Escila, la cual, inclinándose sobre la borda, arrebató de la cubierta a seis de sus marineros más capaces, llevándose a uno en cada boca, y los llevó a las rocas, donde los devoró cómodamente. Ellos chillaron y tendieron las manos hacia Odiseo, pero él no se atrevió a tratar de salvarlos y siguió adelante.

Odiseo siguió este rumbo para evitar las Rocas Errantes o Chocantes entre las cuales sólo había conseguido pasar el Argo; no sabía que ahora estaban asentadas fijamente en el lecho del mar. Pronto llegó a la vista de Sicilia, donde el Titán-Sol Hiperión, al que algunos llaman Helio, apacentaba siete manadas de magníficas vacas, a razón de cincuenta por cada rebaño, y grandes rebaños de robustas ovejas. Odiseo hizo que sus hombres juraran solemnemente que se contentarían con las provisiones que les había dado Circe y no robarían una sola vaca. Entonces desembarcaron y amarraron el navío, pero el Viento Sur sopló durante treinta días, comenzó a escasear la comida y aunque los marineros cazaban o pescaban todos los días, era poco lo que conseguían. Al fin Euríloco, desesperado por el hambre, llevó aparte a sus compañeros y les indujo a matar parte del ganado, en compensación por lo cual, se apresuró a añadir, erigirían a Hiperión un templo magnífico a su regreso a Itaca, se apoderaron de varias vacas, las mataron, sacrificaron a los dioses los fémures y la grasa y asaron buena carne suficiente para un banquete de seis días.

Odiseo se horrorizó cuando despertó y vio lo que había sucedido y lo mismo le pasó a Hiperión cuando se enteró de ello por Lampecia, su hija y jefa de las vaqueras. Hiperión se quejó a Zeus, quien, al ver que la nave de Odiseo había sido botada al agua de nuevo, envió una súbita tormenta del oeste que derribó el mástil, haciéndolo caer sobre la cabeza al timonel; luego descargó un rayo en la cubierta. La nave se hundió y todos los que iban a bordo se ahogaron, con excepción de Odiseo. Éste consiguió amarrar el mástil y la quilla flotantes con una cuerda de cuero de buey y se sentó a horcajadas en esa embarcación provisional. Pero comenzó a soplar un viento del sur que lo llevó de nuevo hacia el remolino de Caribdis. Odiseo se asió al tronco de una higuera silvestre arraigada en lo alto del risco y colgado de ella esperó sin cejar a que el mástil y la quilla fuesen tragados y vomitados de nuevo; luego se asentó otra vez en ellos y se alejó remando con los brazos. Tras nueve días de ir a la deriva desembarcó en la isla Ogigia, donde vivía Calipso, la hija de Tetis y Océano, o quizá de Nereo, o Atlante.

Bosquecillos de alisos, álamos negros y cipreses, con búhos, halcones y locuaces cuervos marinos posados en sus ramas ocultaban la gran cueva de Calipso. Una parra se extendía a través de la entrada. Perejil y lirios crecían densamente en una pradera adjunta, regada por cuatro claros riachuelos. Allí la bella Calipso recibió a Odiseo cuando salió a tierra tambaleando y le ofreció comida abundante, bebidas fuertes y una parte de su blando lecho. «Si te quedas conmigo —le dijo— gozarás de la inmortalidad y de una juventud eterna.» Algunos dicen que fue Calipso, y no Circe, quien le dio su hijo Latino, además de los mellizos Nausítoo y Nasínoo.

Calipso retuvo a Odiseo en Ogigia durante siete años —o quizá durante sólo cinco— y trató de hacer que olvidara a Itaca, pero él se cansó pronto de sus abrazos y solía sentarse abatido en la costa, mirando fijamente el mar. Por fin, aprovechando la ausencia de Posidón, Zeus envió a Hermes con la orden de que Calipso dejara en libertad a Odiseo. Ella no podía hacer otra cosa que obedecer y, en consecuencia, le dijo a Odiseo que construyera una balsa, que ella abastecería suficientemente con un saco de cereal, odres con vino y agua y carne seca. Aunque Odiseo sospechaba una trampa, Calipso juró por el Éstige que no le engañaría y le prestó un hacha, una azuela, taladros y todas las otras herramientas necesarias. Sin necesidad de que le alentara, Odiseo improvisó una balsa con una veintena de troncos de árbol enlazados, la botó al agua con rodillos, dio a Calipso un beso de despedida y partió empujado por una suave brisa.

Posidón había estado visitando a sus intachables amigos los etíopes, y cuando volvía a casa por el mar en su carro alado vio de pronto la balsa. Al momento arrojó a Odiseo por la borda una ola gigantesca y las ricas ropas que llevaba lo arrastraron a las profundidades del mar hasta que sus pulmones parecían a punto de estallar. Pero como era un buen nadador, consiguió quitarse las ropas, volver a la superficie y subir de nuevo a la balsa. La compasiva diosa Leucotea, anteriormente Ino, esposa de Atamante, se posó junto a él adoptando la forma de una gaviota. En el pico tenía un velo y le dijo a Odiseo que se lo enrollase alrededor de la cintura antes de volver a sumergirse en el mar. Le prometió que ese velo le salvaría. Odiseo vacilaba en obedecer, pero cuando otra ola hizo añicos la balsa enrolló el velo a su alrededor y se alejó nadando. Como Posidón estaba ya de vuelta en su palacio submarino de las cercanías de Eubea, Atenea se atrevió a enviar un viento que calmase las olas al paso de Odiseo, quien dos días después fue arrojado a la costa, completamente agotado, en la isla de Drepane, entonces ocupada por los feacios. Allí se tendió al abrigo de un matorral junto a un arroyo, se cubrió con hojas secas y se durmió profundamente.

A la mañana siguiente la hermosa Nausícaa, hija del rey Alcínoo y la reina Arete, la pareja real que en otro tiempo se había mostrado tan bondadosa con Jasón y Medea, fue a lavar sus ropas en el arroyo. Cuando terminó la tarea se puso a jugar a la pelota con sus esclavas. La pelota fue a caer en el agua, las mujeres gritaron acongojadas y Odiseo se despertó alarmado. Estaba desnudo, pero utilizó una frondosa rama de olivo para ocultar su desnudez, se acercó sigilosamente y dirigió palabras tan dulces a Nausícaa que ella lo tomó discretamente bajo su protección y lo condujo a su palacio. Allí Alcínoo hizo numerosos regalos a Odiseo y, después de escuchar el relato de sus aventuras, lo envió a Itaca en un buen navío. Sus acompañantes conocían bien la isla. Anclaron en el puerto de Forcis, pero decidieron no perturbar su profundo sueño, lo llevaron a la playa y lo dejaron suavemente en la arena, depositando los regalos de Alcínoo bajo un árbol cercano. Posidón, no obstante, estaba tan molesto por la bondad de los feacios con Odiseo que golpeó el navío con la palma de la mano cuando volvía a Drepane y lo convirtió con tripulantes y todo en piedra. Alcínoo se apresuró a sacrificar doce toros selectos a Posidón, quien ahora amenazaba con privar a la ciudad de sus dos puertos arrojando una gran montaña entre ellos; y algunos dicen que así lo hizo. «¡Esto nos enseñará a no ser hospitalarios en el futuro!», le dijo Alcínoo a Arete amargamente.

Cuando Odiseo se despertó no reconoció al principio su isla natal, a la que Atenea había hecho objeto de un encantamiento deformante. Poco después se presentó ella disfrazada de muchacho pastor y escuchó su larga y mentirosa narración de cómo era un cretense que, después de matar al hijo de Idomeneo, había huido hacia el norte en una nave sidonia y allí fue arrojado a tierra contra su voluntad. «¿Qué isla es ésta?», preguntó. Atenea rió y acarició la mejilla de Odiseo. «¡Eres, ciertamente, un mentiroso maravilloso! —le dijo—. Si no hubiera conocido la verdad me habrías engañado fácilmente. Pero lo que me sorprende es que no hayas descubierto mi disfraz. Soy Atenea; los feacios te desembarcaron aquí siguiendo mis instrucciones. Lamento que hayas tardado tantos años en volver a tu casa, pero yo no me atrevía a ofender a mi tío Posidón ayudándote demasiado abiertamente.» Le ayudó a guardar en una cueva las calderas, los trípodes, los mantos de púrpura y las copas de oro que le habían regalado los feacios, y luego lo transformó de manera que no se le podía reconocer: le marchitó la piel, le adelgazó y blanqueó el cabello rojizo, lo vistió con sucios harapos y lo llevó a la choza de Eumeo, el anciano y fiel porquerizo del palacio. Atenea acababa de volver de Esparta, adonde había ido Telémaco para preguntar a Menelao, recién vuelto de Egipto, si podía darle alguna noticia de Odiseo. Ahora hay que explicar que, dando por supuesta la muerte de Odiseo, no menos que ciento doce príncipes jóvenes e insolentes de las islas que formaban el reino —Duliquio, Samos, Zacinto e Itaca— cortejaban a su esposa Penélope, cada uno con la esperanza de casarse con ella y ocupar el trono; y habían convenido entre ellos en asesinar a Telémaco a su regreso de Esparta.

Cuando pidieron por primera vez a Penélope que decidiera entre ellos, ella declaró que sin duda Odiseo debía vivir todavía, porque su futura vuelta al hogar había sido predicha por un oráculo digno de confianza; y más tarde, como le apremiaban fuertemente, prometió tomar una decisión tan pronto como terminara la mortaja que debía tejer en previsión de la muerte del anciano Laertes, su suegro. Pero esta tarea le llevó tres años, pues lo que tejía de día lo destejía por la noche, hasta que al fin los pretendientes se dieron cuenta de la treta. Durante todo ese tiempo se divertían en el palacio de Odiseo, bebían su vino, comían sus cerdos, ovejas y va cas y seducían a sus sirvientas.

A Eumeo, quien recibió a Odiseo bondadosamente, le hizo otro relato falso, aunque le declaró bajo juramento que Odiseo vivía y se dirigía a su hogar. Telémaco desembarcó inesperadamente, eludiendo los planes para asesinarlo de los pretendientes, y fue directamente a la choza de Eumeo; Atenea le había hecho volver apresuradamente de Esparta. Pero Odiseo no reveló su identidad hasta que Atenea se lo permitió y le devolvió mágicamente su verdadero aspecto. Siguió una conmovedora escena de reconocimiento entre padre e hijo. Pero Eumeo no estaba todavía en el secreto y no se permitió a Telémaco que diera la noticia a Penélope.

Disfrazado otra vez de mendigo, Odiseo fue a espiar a los pretendientes. En el camino se encontró con el cabrero Melencio, quien le increpó con palabras groseras y le dio un puntapié en la cadera, pero Odiseo no quiso vengarse inmediatamente. Cuando llegó al patio del palacio encontró al viejo Argo, en un tiempo famoso perro de caza, tendido en un estercolero, sarnoso, decrépito y atormentado por las pulgas. Argo movió al verlo el rabo descarnado y dejó caer las orejas lacias, pero no pudo salir al encuentro de Odiseo, quien a hurtadillas se enjugó una lágrima mientras Argo expiraba.

Eumeo condujo a Odiseo a la sala de los banquetes, donde Telémaco, simulando que no sabía quién era, le ofreció hospitalidad. Apareció Atenea, aunque inaudible e invisible para todos menos para Odiseo, y le sugirió que recorriese la sala mendigando migajas a los pretendientes, pues así se enteraría de qué clase de hombres eran. Él lo hizo y vio que eran no menos tacaños que rapaces. El más desvergonzado de todos, Antínoo de Itaca (a quien dio una versión completamente diferente de sus aventuras) le arrojó airadamente un escabel. Odiseo, pasándose la mano por el hombro magullado, apeló a los otros pretendientes, quienes estuvieron de acuerdo en que Antínoo debía haberse mostrado más cortés; y Penélope, cuando sus doncellas le informaron del incidente, quedó escandalizada. Hizo llamar al supuesto mendigo, con la esperanza de que le diera noticias de su perdido esposo. Odiseo prometió ir a la sala de recibo regia esa noche y decirle a Penélope todo lo que deseaba saber.

Entre tanto, un robusto mendigo de Itaca apodado Iro porque, como la diosa Iris, hacía todos los mandados que se le ordenaban, trató de arrojar a Odiseo del umbral. Como él no quiso moverse, Iro le desafió a un pugilato, y Antínoo, riendo cordialmente, ofreció al vencedor las entrañas de una cabra y un asiento en la mesa de los pretendientes. Odiseo se recogió los andrajos, los sujetó debajo del cinturón deshilachado que llevaba y se enfrentó a Iro. El bellaco retrocedió al ver sus abultados músculos, pero las mofas de los pretendientes le impidieron emprender una fuga precipitada. Luego Odiseo lo derribó de un solo golpe, cuidando de no llamar demasiado la atención asestándole uno mortal. Los pretendientes aplaudieron, se burlaron, disputaron, se acomodaron para su banquete vespertino, brindaron por Penélope, quien se presentó para recibir de todos ellos regalos de boda (aunque sin la intención de tomar una decisión definitiva) y al anochecer se dispersaron a sus diversos alojamientos.

Odiseo ordenó a Telémaco que sacara las lanzas que colgaban de las paredes de la sala de banquetes y las guardara en la armería mientras él iba a ver a Penélope. Ella no le reconoció y él le relató un cuento largo y minucioso describiendo un encuentro con Odiseo, quien, según dijo, había ido a consultar al oráculo de Zeus en Dodona, pero pronto estaría de vuelta en Itaca. Penélope le escuchó atentamente y ordenó a Euriclea, la anciana nodriza de Odiseo, que le bañara los pies. Euriclea reconoció en seguida la cicatriz que tenía en el muslo y lanzó un grito de alegría y sorpresa, pero Odiseo le asió la marchita garganta y le obligó a guardar silencio. Penélope no se dio cuenta del incidente, pues Atenea distrajo su atención.

Al siguiente día, en otro banquete, Agelao de Same, uno de los pretendientes, preguntó a Telémaco si no podía convencer a su madre para que tomase una decisión. Penélope anunció inmediatamente que estaba dispuesta a aceptar a cualquier pretendiente que emulase la hazaña de Odiseo haciendo pasar una flecha a través de doce anillos de hacha, estando las hachas colocadas en línea recta con los mangos clavados en una zanja. Les mostró el arco que debían utilizar; era el que le había dado Ifito a Odiseo veinticinco años antes, cuando fue a protestar en Mesena por el robo hecho en Itaca de trescientas ovejas y sus pastores. En un tiempo perteneció a Éurito, el padre de Ifito, a quien Apolo mismo había enseñado el arte de la ballestería, pero a quien Heracles venció y mató. Algunos de los pretendientes trataron de estirar la cuerda del arma poderosa, pero no lo consiguieron, ni siquiera después de ablandar la madera con sebo. En consecuencia se decidió aplazar la prueba hasta el día siguiente. Telémaco, quien fue el que estuvo más cerca de realizar la hazaña, dejó el arco al advertir una señal de Odiseo. En seguida Odiseo, a pesar de las protestas y los insultos vulgares —durante los cuales Telémaco se vio obligado a ordenar a Penélope que volviera a su habitación— tomó el arco, lo estiró fácilmente e hizo vibrar la cuerda melodiosamente para que todos la oyeran. Apuntó cuidadosamente y disparó una flecha que pasó a través de los doce anillos. Entretanto Telémaco, que había salido apresuradamente, volvió a entrar con una espada y una lanza y Odiseo mostró por fin quién era hiriendo a Antínoo en la garganta.

Los pretendientes se levantaron de un salto y corrieron a las paredes, pero se encontraron con que las lanzas ya no estaban en sus lugares habituales. Eurímaco pidió misericordia, y cuando Odiseo se la negó, desenvainó la espada y le acometió, pero una flecha le atravesó el hígado y cayó moribundo. Siguió una lucha feroz entre los pretendientes desesperados armados con espadas y Odiseo, armado únicamente con el arco, pero apostado delante de la entrada principal de la sala. Telémaco corrió a la armería y volvió con escudos, lanzas y yelmos para armar a su padre, Eumeo y Filecio, los dos fieles sirvientes que estaban junto a él, pues aunque Odiseo había matado a muchos pretendientes, casi se le habían agotado las flechas. Melancio, quien se había deslizado a hurtadillas por una puerta lateral para llevar armas a los pretendientes, fue sorprendido y muerto en su segunda visita a la armería, antes que consiguiera armar a más de unos pocos. La matanza continuó y Atenea, en forma de golondrina, revoloteó gorjeando por la sala hasta que todos los pretendientes y sus partidarios yacían muertos, con la única excepción del heraldo Medonte y el bardo Femio, a quienes Odiseo perdonó la vida porque no le habían hecho daño activamente y porque sus personas eran sacrosantas. Luego se detuvo para preguntar a Euriclea, quien había encerrado a las mujeres del palacio en sus alojamientos, cuántas de ellas habían permanecido fieles a su causa. Ella contestó: «Sólo doce se han deshonrado, señor.» Llamó a las sirvientas culpables y les obligó a limpiar la sangre derramada en la sala con esponjas y agua, y cuando terminaron ese trabajo las ahorcó en fila. Patearon un poco, pero pronto terminó todo. Luego Eumeo y Filecio cortaron a Melancio las extremidades —la nariz, las manos, los pies y los órganos genitales— y las arrojaron a los perros.

Por fin Odiseo, reunido al cabo con Penélope y con su padre Laertes, les relató sus diversas aventuras, esta vez ateniéndose a la verdad. Se acercó una fuerza de rebeldes de Itaca, parientes de Antínoo y de los otros pretendientes muertos, y al ver que superaban en número a Odiseo y sus amigos, el anciano Laertes intervino vigorosamente en la lucha, que marchaba bastante bien para ellos, hasta que Atenea medió e impuso una tregua. Entonces los rebeldes iniciaron una acción legal conjunta contra Odiseo y designaron como juez a Neoptólemo, rey de las islas del Epiro. Odiseo convino en aceptar el veredicto, y Neoptólemo dictaminó que debía dejar su reino y no volver a él hasta que pasaran diez años, durante los cuales los herederos de los pretendientes debían compensarle por sus depredaciones, con pagos a Telémaco, quien sería el rey.

Pero faltaba todavía aplacar a Posidón y Odiseo partió a pie, como le había aconsejado Tiresias, a través de las montañas del Epiro, llevando un remo al hombro. Cuando llegó a Tesprotis las campesinos le preguntaron: «Extranjero, ¿por qué un bieldo en primavera?» En consecuencia sacrificó un carnero, un toro y un jabalí a Posidón y quedó perdonado. Como no podía volver a Itaca todavía, se casó con Calídice, reina de los tesprotios, y mandó su ejército en una guerra contra los brigios, bajo la dirección de Ares; pero Apolo exigió una tregua. Nueve años después Polipetes, el hijo de Odiseo con Calídice, subió al trono de Tesprotis y Odiseo volvió a Itaca, que gobernaba entonces Penélope en nombre de su joven hijo Poliportes; Telémaco había sido desterrado a Cefalenia porque un oráculo anunció: «¡Odiseo, tu propio hijo te matará!» En Itaca le llegó la muerte a Odiseo desde el mar, como había predicho Tiresias. Su hijo con Circe, Telégono, que navegaba en busca de él, hizo una incursión en ítaca, a la que confundió con Corcira, y Odiseo salió para rechazar el ataque. Telégono le mató en la orilla y el arma fatal era una lanza reforzada con el espinazo de una pastinaca. Después de pasar en el destierro el año que exigía la costumbre, Telégono se casó con Penélope y Telémaco lo hizo con Circe, y así las dos ramas de la familia se unieron estrechamente.


Robert Graves: LOS MITOS GRIEGOS (Tomo II, Capítulos 170 y 171); Alianza.


La versión de Los Simpsons:

video

jueves, 14 de octubre de 2010

FICM 2010

El sábado inicia el Octavo Festival Internacional de Cine de Morelia, al cuál asistiré por vez primera, aunque sólo sea por un par de días.

Así que esperen pronto crónicas, imágenes, reseñas y demás.



Aquí pueden consultar el Programa de Mano.

lunes, 11 de octubre de 2010

I´M HERE

Perdí mis manos por querer tocarte siempre, perdí mis brazos por creer que siempre estarias aquí. Perdí mis piernas por andar sobre tus pasos. Perdí la forma de poder acariciarte. Sólo la boca me quedó para llamarte.

Sin lugar a dudas, LA BALADA de Cuca sería el soundtrack ideal para este gran cortometraje de Spike Jonze:




miércoles, 6 de octubre de 2010

LA CENA

LA CENA
Alfonso Reyes

La cena, que recrea y enamora.
San Juan de la Cruz


Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados… No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada.

De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término.

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente:

«Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...»

Ni una letra más.

Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: «¡Ah, si no faltara!...», tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges de la calzada de algún templo egipcio.

La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida.

Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.

—Pase usted, Alfonso.

Y pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el vestíbulo. Sobre las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas), había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo, pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York, y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar… Pero alcé la vista y quedé tranquilo: ante mí, vestida de negro, esbelta, digna, la mujer que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta se había colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser por una expresión marcada de piedad; sus cabellos castaños, algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre.

—¿Amalia?— pregunté.

—Sí—. Y me pareció que yo mismo me contestaba.

El salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo, la chimenea, los jarrones; el piano de candeleros lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado: el de un señor de barba partida y boca grosera.

Doña Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro y llevaba al pecho una de aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia. Doña Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna.

Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido, provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron, desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una mujer de sesenta años; así es que consistió en dejar a su hija los cuidados de la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a mi ventura.

A la madre tocó —es de rigor— recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable.

El aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el ambiente, volando de una cara a la otra.

Nunca sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente, no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de las responsabilidades domésticas y —como era natural en mujeres de espíritu fuerte— súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha comenzado a ser solterona.

Al principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas, en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza.

Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no sospechaba. En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.

Al fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto, tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada:

—Vamos al jardín.

Esta nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un cuarto cuyo aseo y sobriedad hacia pensar en los hospitales. En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.

Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello.

La oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín), todo me fue convidando al sueño; y me quedé dormido sobre el banco, bajo el emparrado.

****

—¡Pobre capitán! —oí decir cuando abrí los ojos—. Lleno de ilusiones marchó a Europa. Para él se apagó la luz.

En mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el emparrado. Doña Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció…

—Era capitán de Artillería —me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay.

Su voz temblaba.

Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las mujeres. Y —¡oh cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire —perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín— y con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos.

Salté sobre mis pies sin poder dominarme ya.

—Espere usted —gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible.

Y luego, dirigiéndose a Amalia: —Hija mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo todo.

—Y bien —dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones… Al día siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera.

Yo estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado?

La ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a desaparecer. La voz de la hija resonó:

—¡Ay! Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor… Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!

(«¡Ah, si no faltara!»… «¡Le hará tanto bien!»)

Y entonces me arrastraron a la sala, llevándome por los brazos como a un inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había hojas sobre mi cabeza.

—Helo aquí —me dijeron mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.

El retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica piedad. Algo sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo.

Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz… ¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche.

Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté.