miércoles, 27 de octubre de 2010

LOS HIJOS DEL SMOG

El trabajo de otro Escritor Mexicano Secreto:

LOS HIJOS DE TLÁLOC
¡Quién sabe por qué será! Lo cierto es que siempre está lloviendo dentro de la casa. En la mañana, de tarde, por la noche. Desde que nací, desde antes que naciera, desde una eternidad.
A veces cae la lluvia tan finamente que parece que pronto cesará. Pura ilusión. El infalible viento trae nubes preñadas e invisibles que revientan desde los techos, cayendo sobre los muebles que mamá ha cubierto con forros impermeables.
Por eso nadie nos visita. Por eso vivimos tan solos. Algunos reconocemos que desearíamos cambiarnos a otra parte. Papá nos mira con tristeza y nos explica que sería ingratitud abandonar el lluvioso pero seguro hogar. En él hemos nacido todos. Aquí, entre lluviosos muros, vivieron y murieron nuestros antepasados.
Hasta para comer y dormir necesitamos andar con gabardinas y paraguas.
Aburridos de agua tan insistente, junto con los muchachos, nos salimos corriendo hacia la calle. A que nos dé la luz del sol o de la luna.
Lo malo es al llegar la época de lluvias. Ni para dónde ir. Entonces todo es agua que cae, humedad y tristeza. La vida suelta su llanto dentro de la casa y por las calles infinitas donde se pierde la esperanza.

EL OLVIDO
Se había sentido mucho calor aquel verano y su habitación se vio invadida por grandes y zumbantes moscas. Fue, pues, a la farmacia y adquirió un insecticida que le recomendaron como muy eficaz. Cuando minuciosamente lo esparció por todo el cuarto, las moscas aceleraron el roncar de sus motores y empezaron a caer, golpeándose moribundas contra suelos, paredes y muebles. Él, notoriamente complacido, salió a dar un paseo al jardín público. Minutos después de las cinco de la tarde regresó. Sólo para morir en medio de crueles estertores. Los efectos del poderoso insecticida aún perduraban. Y él, en forma imperdonable, había olvidado que era jueves, día en que de cinco a seis de la tarde le tocaba transformarse en cucaracha.

EL HUÉSPED
Fue cuando mi falta de trabajo y la urgencia de ayudarnos con algún dinero, nos hicieron alquilar la recámara chica, la del fondo de la casa.
-Procuremos encontrar un inquilino apacible –dictaminó mi mujer.
Por eso nos pareció bien la presencia de aquel joven enlutado y correcto, que llevaba un cajón conteniendo el cadáver de su tío.
-Sólo será por seis meses, mientras le construimos un sepulcro decoroso. Además, pagaré por adelantado –explicó el muchacho.
Aceptamos de inmediato. Y aquella fue la primera noche que no dormimos, a causa del velorio que tuvo lugar en la habitación recién alquilada. Los días siguientes desfilaron deudos y amigos con interminables ofrendas florales, que mi candorosa mujer agradecía como si fueran para ella.
Por una semana hubo tranquilidad. Después, el cadáver comenzó a crujir y tronar en forma escandalosa. También olía desagradablemente y daba mal aspecto, por lo que debíamos bañarlo y cortarle las uñas y barbas que le crecían en exceso.
Lo peor fue cuando dio por presentarse diariamente la turbulenta mujer que decía amar al difunto, y permanecía llorando a gritos junto a él, acabando por emborracharse.
Vimos el cielo abierto cuando, puntualmente a los seis meses, se presentó el joven de negro, a llevarse el cadáver de su tío.
Por lo demás, no hemos logrado terminar la plaga de manchas amarillentas y nauseabundas que aparecen por todas partes.

EL CAUTIVO
A Pedro Ferriz
En aquel planeta situado en un confín de la galaxia, hubo preocupación, por haberse detectado rudimentarias explosiones atómicas, originadas más allá de Marte.
Se decidió, por tanto, enviar una nave con la misión de capturar un ser tipificado de aquella probable y peligrosa civilización.
Después de larga travesía la nave arribó, sigilosamente, a una gran ciudad. Y tras cuidadosa observación fue capturado, al amparo de la noche, uno de aquellos seres tan parecidos a los mismos expedicionarios y que pululaban por la urbe.
El regreso tuvo lugar.
Hasta la fecha, los sabios de aquel planeta ubicado en un lindero de la galaxia, no han podido determinar el coeficiente mental, ni la verdadera naturaleza e intenciones del Volkswagen rojo que fue secuestrado de un estacionamiento de la tierra, cierta vez, como a las dos de la mañana.

Jorge Mejía Prieto: LOS HIJOS DEL SMOG; Novaro; México, 1974.

3 comentarios:

  1. Saludos Miguel Antonio:
    Ando buscando ese libro desde hace mucho tiempo. Lo tuve alguna vez, pero desapareció, tal vez prestado a un mal amigo.
    ¿Podrías proporcionarme fotocopias o un archivo PDF?
    Recuerdo un cuento, creo se llamaba "El Histrión" y recuerdo otro en el cual hablaba de una lámpara de piel con un número tatuado, el de una víctima del holocausto.
    Yo tengo otro de Editorial Novaro de esa época. Es de Sergio Golwarz. Se llama "Cuentos para Idiotas" y es muy bueno. Si te interesa me avisas.

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    1. hola estoy interesado en el libro de cuentos para ideotas mi correo es isaac_palrey@yahoo.com.mx, nos ponemos de acuerdo y gracias.

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  2. Ah, Mejía Prieto es de mis autores favoritos en la vida. Una vez le regalé un ejemplar a Manuel Barroso, no sé si le gustó, ya nunca me comentó nada al respecto. :( Pero es bueno saber que no soy la única que le ha encontrado el gusto, yei :)

    Ah, y me acuerdo perfecto de los cuentos que comenta Fernando lector, ¡muy buenos!

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