viernes, 14 de enero de 2011

CONFESIONES DE UN MINIFICCIONADICTO

CONFESIONES DE UN MINIFICCIONADICTO
Agustín Monsreal

A José de la Colina y a Marcial Fernández

Al principio me costaba darme cuenta y admitir que tenía problemas con mi manera de minifccionar, quizá porque vivía yo primitivamente minificcionadísimo, amargo y taciturno, turbio y torvo, pálido de tez, con el alma descubierta en canal, remedo de estampa de vampiro, en un inconmensurable grosero irresponsable e inconveniente estado minificcionizante, a cualquier hora y en cualquier lugar minificcionaba tal si quisiera empujarme de un solo trago toda la minificción del planeta, era yo el ángel inmaculado de todas las fiestas, y el lastimoso payaso, miraba mi obsesión desde los más diversos ángulos y en cualesquiera de ellos me hallaba minificcionísticamente fuera de foco, el ánimo abatido, la testa doblegada, como quien se enfrenta al rostro de un espejo mugriento con un cuchillo de afeitar mellado, un aspecto de callejón sin salida, desconsolador;

y para incrementar mi dosis de abuso, me pasaba los siete babilónicos días de la semana profanando dignidades, o sea, impartiendo lecciones de minificcionalidad para minificcionistas imberbes y minificcionólogos avezados, y más aún: inestable atropellado traidor y fugitivo, incapaz de discurrir acerca de mi circularidad enferma y de mis muchedumbrosos defectos de personalidad, desayunaba almorzaba comía merendaba cenaba y aun eructaba soñaba copulaba minificciones, y las correteaba liebremente, haciendo gallarda gala de descaro desacato y franco desvarío, ningún razonamiento servía para frenar mi tormentosa, leviatánica sed de minificcionizar, estaba convertido de pies a cabeza en un verdadero minificciópata;

y armadurado de minificcionismo molestaba sermoneaba sobornaba alardeaba seducía acusaba rebatía perseguía conversacionaba infelizaba atrapaba desplegaba juegos de poder, juegos de culpa y venganza, hacía berrinches minificcionantemente, ventilaba rabietas, palidecía padecía complacía controlaba manipulaba maniobraba bajezas y obras sucias, extraviaba a sabiendas mi cordura, me vejaba con vejatorios reclamos, las regateaba en cada minificcionaduría, no fuera a sobrantear alguna, no fuese a faltar depredadoramente la única insustituible, dictaba y supervisaba alucinatoriamente la sintaximetría y los titulamientos, parte del arte legendario, abecedario y arbitrario de minificcionizar, pedía milagros, instigaba espiaba predecía pasados y rememoraba porvenires con tal de salvarme del minificcionarismo tiranicosaurio y dominante que me tenía de plano convertido en aporreado sobreviviente de las glaciaciones, en helecho antediluviano;

y una noche, asqueado ya de cuzquerías imaginerías e invenciones sintéticas insólitas acróbatas esperpénticas, de grafías y fonéticas y signaciones gramaticales y locuciones vírgenes o anacrónicas, cómicas o catastróficas, biológicas o simbólicas, me prometí virar de rumbo, no minificcionarme nunca más, y en virtud de que ya no quería ser un minificcionista, intentaba ardidísamente desinfectarme, apocoparme, dejarme reducido a un simple y deshorizontado mini, cosa que me espeluznó, y me horripilantizó, y echó por tierra mi propósito, por lo que intenté cambiar de apellido genérico, es decir, rebautizarme y a partir de ahora ser minipoetizador mininovelero miniaforístico y/o etceterita, pero me sentí más clandestino ilegal e inauténtico que un eunuco falso usurpando funciones fornicatorias de sultán, así que me refugié en los bracitos de la enana de mi sueño, que es mi paridad, mi completación, y es una trapecista harto prodigiosa que montada en una iguana verdiazul amaestrada aparece crisálidamente delante de mí, frívola y voluble, resplandeciente y mágica, salvaje e incansable, y de inmediato entro en ansiedades de catar su vagina florecida de olores desquiciantes entontecedores y experimentar el hondo gozamiento cadencioso de sus caderas, domeñar sus breves piernas ingeniosas;

y me expulsa del escenario de mi ensueño la ruin urgencia minificcionadora y despierto desvencijado semejante a un tragador de cristales, temerario, confundido, a ver: qué edad tenía el mundo cuando Eva y Adán se ayuntaron por primera vez, qué edad tenía Eva cuando parió con ardor a su primer hijo, qué edad tenía Adán cuando soltó el último suspiro, necesitaba una minificción a como diera lugar, mi presencia de ánimo andaba a gatas por los suelos de los cielos, debajo de las mesas, con riesgo real de que le dieran un apachurrón en los dedos de las manos, y yo renacuajamente imposibilitado para pergeñar aunque fuese una mínima minificcioncita, deserguido desgarbado escuálido equívoco desamorado, ella no me quiere porque minificciono, y yo minificciono porque ella no me quiere: esto que veo, cuando me planto frente a la luna del ropero, es lo que queda de mí;

y en la oficina era capaz de dejar un quehacer importante para irme al baño a zamparme una minificción, y en la calle, en cualquier esquina o zaguán, a la vista de cualquiera extraía mi libretita del bolsillo y órale, me apuraba una minificción, y de igual modo si iba en el coche en el metro en un autobús, lo que menos me importaba era que la gente me observase apuntando desviaciones alteraciones corrupciones qué sabían ellos lo que imponía esa obsesión, yo mismo no podía comprender que la minificcionalizadura es un inescrutable designio, una pasión irreductible, un destino insobornable, y que hay quienes minificcionan y siguen tan quitados de la pena, no pasa nada, pero hay quienes no podemos probar una minificción impunemente, una mísera gota de minificción y estamos perdidos, adiós responsabilidades familia honor y fortuna, todo resuena en todo y todo al drenaje profundo por una sencillita, insignificante minificcionalización;

y vienen junto con pegado el desorden emocional, la quiebra moral y la estafa espiritual, troncha uno la estabilidad hogareña con su destreza minificcionera digna de lucir una mejor causa, con su hipopotámica, elefantiásica minificciopiscencia, los belicosos, agraviantes e infernales hechos de expansión y contracción sentimental a que sometemos sin escrúpulos con nuestros desvaríos de poseso, nuestro priapismo minificcionante, nuestro engolosinamiento irrefrenable, al esmeradísimo personal de nuestro círculo afectivo más cercano, provocando irritación vociferaciones insultos, el timbre áspero de la blasfemia y la incertidumbre, y un triste, resentido fenómeno de desfallecimiento en las relaciones laborales académicas domésticas apareativas;

y entonces nos atamos, vanos y engreídos, a la falacia de las negaciones, a la felación de los escamoteos, y nos interesa idéntico que una piel de perro esquinero la ojeriza que te agarran tus parientes tus amigos y tus vecinos a los que no te importa fastidiar cuando te traes un minificcionamiento de aquéllos, de maldita la cosa sirven las suplicancias los griteríos y lamentaciones que enfrenta la anarquía cataclísmica de tu comportamiento, los ultimátums y penultimátums de nuestros seres queridos que claman dónde quedó aquel hombre justo y comprensivo, noble y gentil, bueno y generoso, amenazaban tres noches en lecho duro al granuja, ruegan tienes que dejar de minificcionar, tú puedes hacerlo, haz tu mejor esfuerzo, jerimiquean lo que pasa es que no quieres, no tienes cariño ni voluntad, no te importamos ni tus hijos ni yo, como si se tratase de blandura de carácter, como si fuese cosa nada más de querer y ya, y los amigos igual, ya déjate de andar con tus minificcionerías, carajo, ya no eres un pinche adolescente, y hasta nuestros minificciorreligionarios benefactores de la humanidad nos invitan, con piedad equivocada, al estado seco de minificciones, que me ponga en manos del Bien Más Alto, modelo guía fuente de amor y de apoyo;

y yo, hirsuto convulso deslavado, con ojillos estrábicos y respuesta tardía, me vuelvo por entero una vez más hacia la hermosura minúscula y soberbia de la mujer dueña de mi sueño, diosa entre las mujeres, hechicera portentosa, rival en belleza de Helena la de Troya y en astucia de Cleopatra la impredecible, y admiro su elegante vanidad liliputiense, la queriente voluptuosidad de su exacto glamour histriónico, y ella, atlética elástica certera obra maestra, con ademanes suculentos, mirada experta y sonrisa magistral, me articula entre sus muslos con sensual bravura, ufana gozosa multiplicadora de deleites, feliz inclinación a reír encubrir descorchar a escondidas ávidas fortuitas minificciones amorfas o polimorfas, polifacéticas y polifuncionales, pornográficas y pontificas, empapadas y esparcidas, minificcionalidades genuinas o adulteradas, lo mismo da, el grave peligro y el oculto deseo se han convertido en lo mismo, la cabeza se ha separado del tronco, la razón se pierde en minificcionadurías vulgares y nauseabundas, hemos trasgredido ya todos los límites de las debilidades y perversidumbres minificcionativas;

y metido ya en una licuadora de tirrias enfrentamientos chismes y rencores, en una de tantas te corren del trabajo poco menos que a patadas pero tampoco eso nos impacta, el fatal impulso minificcionarrante se ha insertado en la sangre y nos ha plagiado el sano juicio, nos acomete chapucera, suicidantemente, ya no tenemos el menor remedio, ninguna escapatoria, somos como naves cretenses a la deriva en el torrencial marcito de la minificcionología;

y es que las caprichudas exorbitantes corpulentas ampulosas minificciones me hacían añicos y compartía mis insanias con dragones y unicornios que no hallaban el camino de regreso a su casa, y con un colibrí delgadito que trazaba en su vuelo el teorema de Pitágoras, y con la diminuta mujer de mi sueño que, opulenta y lujuriosa, hecha de misericordia y miel, me dice que es preferible hacer con miedo que dejar de hacer por miedo, y con arrogancia y desprecio me enfrento al miedo de tenerle miedo al miedo, pero tiemblo de miedo al advertir el miedo cavernícola que tengo de no saber hacer con miedo: un auténtico torturadero;

y avergonzado aburrido afligido, en sus escasos periodos de lucidez, astuta y delirante, lacónica y lunáticamente piensa uno en ya no volver a minificcionizarse jamás, y se arrepiente, llora a cántaros y cantimploras, jura por lo más sagrado de lo sagrado, y poniendo expresión beatífica, esto es de mosquita muerta, pide perdón, se arrastra mansitamente sollozante, se humillosea para que lo perdonen;

y asentado en la vieja utopía del minificcionista, comedido y racional, puede ser que se pase uno algunos días sin minificcionar, sintiéndose peor que si lo hubiese picado la incisiva abeja prieta, muerto de ansiedad angustia y desesperación extrema a causa del apetito insaciable de minificcionamiento, por mano propia se deslastró de cuanto cuaderno y cuanta pluma había en casa, se arrejunta prestidigitadoramente a talismanes y amuletos, a trucos de farmacia de feria para procurarse la repugnancia el asqueamiento las arcadas el vómito desértico en el instante que mamíferamente pruebe una probadita de minificcionerismo;

y para retrucar la persuasión y el convencimiento, la mente es bien infame y traicionadora y pese a todas mis resistencias barricadas y defensas soy subjugué par la magie del minificcionogismo y descoyuntadamente marionetista por enésima vez desfalca uno la confianza de madres esposas concubinas hijas entrenadas ahijadas, y de nueva cuenta ahí anda uno con los sesos rebosados rebasados embalsamados por el hacinamiento minificcional, porque no se trata de fuerza de voluntad ni de buenas intenciones ni de misterios ni secretos ni esoterismos, sólo se trata de que para uno las extravagancias y despropósitos de la minificcionáutica resultan veneno mortal, por eso cuando alguna rinoceronta romántica y febril nos reclama si mi quisieras no minificcionarías, no sabe lo que dice, no comprende lo que pasa, y es que al cabo de una semana de abstinencia ya anda uno loquito por minificcionar, por encumbrarse en la pequeñísima giganta de mi sueño, mi Tierrita Prometida, mi Cabito de Buena Esperanza, mi Finisterre, y entonces ilusionistamente, en un acto de alto escapismo proverbial respondo al imperativo categórico de sus maneras danzarinas, acróbatas, a la suculenta suntuosidad subversiva y lasciva de sus piernas de mujer madura, a la condescendencia de su primorosa grupa de tinaja, porque hay que anotar que como uno está al margen, en la acera de enfrente, en el extremo opuesto del orbe, del five o´clock tea, de la saludable vida como debe de ser, y actúa la mayoría de las veces con importapoquismo ruin y desplantes viscerales a lo Nerón o a lo Calígula, se la ha pasado minificcionerando mentalísticamente todo el tiempo, súbditamente buscando por los cajones un trocito de papel y un cachito de lápiz para jubilear aunque sea una minificcioncita, tan grande y poderosa es la sinrazón que nos consume, y a la luz de esta realidad tan tenebrosa, cual parvulito azorado se plantea uno la pregunta ¿de qué me escapo con la minificcionografía, cuál es el phantasma minificcionizante que me persigue?, mi demencial modo de minificcionarme no tiene saciadero, esa forma tan alcahuetada por estratagemas mil, tallermente burdas o refinadas, con y sin retoque, poda o redondez, pero estratagemas a final de cuentas y al cabús del cuento de nunca acabar de minificcionalizar, y nos repetimos por centésima o vilésima vez que ahora sí vamos a dejar de minificcionar para siempre, no, para siempre no, mejor sólo por hoy no voy a paladear palpar u olfatear siquiera la más nimia, la más cucarachera o dinosáurica minificción, o me prometo no minificcionar más de tres veces al día, una después de cada comida, o nada más para acompañar el café expreso, o enseguida de hacer el amor, hay cosas que no saben igual si no las minificcionas, o me boicoteo ya no minificcionaré sino los fines de semana, cambiaré la minificción mastodónica monumental catedralicia diluviana y dilapidadora, por la minificción descuerpada escualidosa rascuachera melindrosilla, minificcionaré hebrita, hilitamente, un sorbito de minificción de vez en cuando no le repercute en daño a nadie, pero sucede que a mí sí, a mí sí me ensimisma catatónicamente, y no se vanagloria uno de ello, por eso es que pese a encontrarme flaco y quebradizo, débil anémico vulnerable, estampa de perchero en desuso, o precisamente a causa de tan desastroso estado y de que la fiera en celo múltiple de la minificción siempre está al acecho, me propuse escriturar un Manual del minificcionografista dirigido a ayudar a los hombres y las mujeres de este mundo para que aprendan a erradicar los demonios minificcioneros, obtengan opciones para decidir entre la desolación y la esperanza, vuelvan a relacionarse sana y amorosamente con las demás criaturas del planeta, encuentren una nueva forma de vivir y juntos evitemos que el próximo minificcionista caído en desgracia seas tú.


Agustín Monsreal: Confesiones de un minificcionadicto; Revista de la Universidad de México, Núm. 83, Enero 2011; Pags. 51-54

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